José Miguel Cobián
En México la propaganda gubernamental, y ciertas etapas de nuestra historia, nos han hecho temer la intervención norteamericana en los asuntos internos del país. Todo parece indicar que hoy el enemigo no está al norte de nuestra frontera, sino que es un enemigo más discreto, socarrón, que actúa de manera soterrada y que utiliza a México y a toda América Latina en su guerra de baja intensidad contra Estados Unidos. China es la fuente del poderío del crimen organizado y su control del estado a través de narco políticos ambiciosos y corruptos que venden su patria y la seguridad de sus compatriotas a cambio de unas monedas. Los modernos Judas son políticos latinoamericanos, y quién los compra es un enemigo que no muestra la cara abiertamente.
América Latina atraviesa una de las transiciones más delicadas de su historia republicana se encuentra atrapada en el fuego cruzado de una nueva Guerra Fría, donde el campo de batalla no está en Asia, sino en sus puertos, reservas de litio, materias primas, redes de telecomunicaciones y estructuras criminales. China ha promovido la narrativa de cooperación “Sur-Sur” y beneficio mutuo, pero los datos muestran otra realidad: actúa como potencia que extrae recursos y desestabiliza, con el objetivo de socavar la hegemonía estadounidense, promoviendo como “beneficio colateral” la fragilidad institucional latinoamericana.
La penetración china se aceleró tras la crisis de 2008 y se consolidó con la Iniciativa de la Franja y la Ruta (de la seda). El comercio con la región se multiplicó por treinta entre 2001 y 2023, superando los 500,000 millones de dólares. Sin embargo, el 75% de las exportaciones hacia China siguen siendo materias primas de bajo valor agregado, mientras que Pekín inunda los mercados con manufacturas avanzadas. Este modelo reproduce un esquema colonial que destruye la industria local y perpetúa la dependencia de industrias extractivas de la riqueza nacional. No genera transferencia y desarrollo, sino dependencia tecnológica.
China ha otorgado préstamos mediante bancos estatales con cláusulas opacas y garantías sobre activos físicos. Cuando los países enfrentan crisis financieras, estas deudas se convierten en instrumentos de presión geopolítica. Ejemplos claros son el control chino sobre puertos estratégicos como Chancay en Perú y concesiones en el Canal de Panamá, éstas últimas, ya revertidas por presión estadounidense. Estas infraestructuras no son solo comerciales, sino nodos de proyección civil y militar que acercan a Pekín al “bajo vientre” de Estados Unidos.
El “Triángulo del Litio” (Argentina, Bolivia y Chile) concentra cerca del 80% de las reservas mundiales. Empresas chinas han adquirido participaciones masivas y derechos exclusivos de explotación. El objetivo no es industrializar la región, sino asegurar el suministro estratégico para China y limitar el acceso de Occidente. Esto convierte a América Latina en una cantera de recursos naturales, con graves impactos ambientales, por la laxa reglamentación que China exige para invertir y sin desarrollo tecnológico propio. En México AMLO echó fuera del proyecto de Litio en Sonora a los Chinos. |
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