En Veracruz o en cualquiera otra entidad federativa de la república mexicana donde haya un homicidio en el que la víctima por alguna razón es socialmente muy conocida la primera expresión que escuchamos de la autoridad correspondiente es que “no quedará impune”, y van aun más allá cuando asientan “se investigará tope donde tope”, o bien, “se llegará a las ultimas consecuencias”, enseguida viene aquello de que “ya hay avances en la investigación», todo para que transcurrido el tiempo aquello pasa a formar parte del archivo muerto, pero el guion volverá a reeditarse cuando se produzca un nuevo evento de igual naturaleza. Finalmente, el denominador común será, es, la impunidad, no es ficticio el que nuestro país esté considerado como uno de los más peligrosos del planeta, así lo constata el elevado número de muertos por violencia, mayor incluso del habido en lugares en conflicto bélico. Triste, pero es nuestra realidad.
Presume el gobierno federal que los homicidios en México se han reducido, pero esa aritmética no conjuga en su haber el numero de desaparecidos y no localizados que en el último año ha crecido exponencialmente. Lamentablemente, esa ecuación forma parte de nuestra “normalidad” social, y como todo lo obvio es invisible al formar parte de nuestra convivencia diaria ha dejado de sorprendernos. Esa es la dramática narrativa de nuestros días, lo grave radica en la impotencia institucional para resolverlo. El caso de quienes se dedican a informar a la sociedad es paradigmático. En Campeche un periodista sufre arresto domiciliario por publicar reportajes que disgustan a la gobernadora, en Puebla otro periodista (director de e-consulta) tiene acoso judicial, en Veracruz en Coatzacoalcos otro periodista absurdamente acusado de terrorista, pero fue alivianado al cambiarle el delito por otro de menor escala, sin embargo, el arresto domiciliario sigue firme; y en Poza Rica un periodista, otro, fue asesinado, aunque para la tranquilidad social la fiscalía estatal ya ofreció que “no quedará impune”. |
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