Para nadie es un secreto el impacto que la tenencia de poder político ocasiona en quien por inmadurez o escaso talento de pronto lo tiene en sus manos, o mejor, a quien el poder subyuga y lo conduce a cometer desaciertos. “Dadle poder a un pen… y hasta la forma de caminar le cambia”, dice un sabio aforismo. Es de humanos errar, es otro acertado adagio, pero cuando los errores se convierten en el denominador común de una conducta reflejan ineptitud o desquiciamiento, lo cual en materia de gobernanza se torna grave porque involucra el destino común del gobernado. No es difícil escoger un caso para ejemplificar, en nuestro subdesarrollo político son ortigas que se multiplican en fecundo llano.
Layda Sansores San Román es gobernadora de Campeche, accedió al cargo vía MORENA, ha sido dos veces diputada federal y en dos ocasiones senadora, también alcaldesa de Alvaro Obregón, donde ni entregó buenas cuentas. Es hija de Carlos Sansores Pérez, expresidente nacional del PRI y también gobernador de Campeche, Layda inicio como priista, militó en Convergencia y en el PRD antes de afiliarse en MORENA. Trae pleito casado con “Alito”, a quien ha expropiado algunos bienes y solicitó juicio político acusándolo de peculado. Al periodista Jorge González lo acusó del delito de odio y fue vinculado a proceso. Mandó a arrestar al rector de la Universidad de Campeche, José Alberto Abud Flores en enero pasado, acusan al gobierno de haberle sembrado drogas, fue liberado y exonerado de toda culpa. Ahora, mandó a arrestar infructuosamente al diputado José Antonio Jiménez, presidente del Congreso local y líder de la bancada de MORENA integrada por 16 legisladores, diez de los cuales se han deslindado de la gobernadora. Hay un cisma en el partido oficial de Campeche por la actitud atrabiliaria de la gobernadora, convertida ya en dolor de cabeza para el mando nacional de su partido. Autoritarismo sin freno el de la señora Sansores, abuso del poder, pero no parece estar midiendo que sus acciones atrabiliarias, una vez fuera del gobierno, serán utilizadas en su contra. He allí un caso clásico de cómo el poder trastorna la mente de quien no está preparado para ejercerlo como mecanismo de beneficio público. Aunque sorprende la aparente indiferencia del gobierno federal que no interviene al menos para atemperar la iracunda actitud de dicha gobernadora. |
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