Mientras las familias mexicanas cuentan los centavos para llenar el tanque de gas, esquivan balazos en colonias que parecen zonas de guerra y ven cómo el salario se evapora más rápido que el aliento de un portero tras un penal fallado, miles salen a la calle a celebrar “su” campeonato. Camisetas sudadas, cohetes, gritos roncos y esa cara de éxtasis colectivo como si ellos mismos hubieran metido el gol en el minuto 90. Hermoso. El pueblo, ese que apenas llega a fin de mes y que sabe perfectamente que mañana volverá a la miseria de siempre, siente que ganó. ¡Ganó!, dice. ¿Qué ganó exactamente? ¿Un aumento de sueldo? ¿Mejor seguridad? ¿Que el político de turno deje de robarles con descaro? No. Ganaron el derecho a emborracharse, pelearse y olvidar por unas horas que viven en un país donde los de arriba les venden la ilusión de grandeza mientras les aprietan la soga al cuello. Es el circo romano actualizado al siglo XXI: pan (cada vez menos) y fútbol (siempre). Y los aficionados, pobres diablos emocionales, caen como moscas. Se sienten parte de algo grande, parte de “la máquina”, de “la institución”, de “la pasión”. Mientras tanto, los dueños de los equipos, esos que siguen coludidos con el poder, se embolsan los millones de los derechos de televisión, los patrocinios y los abonos. Los jugadores cobran fortunas que ni en tres vidas gastaría un obrero. Y el aficionado… el aficionado tiene la camiseta rota, la voz perdida y la dignidad temporalmente suspendida. Esta mentalidad de “nosotros ganamos” es exactamente la que necesitan los gobiernos autoritarios y los populistas de cualquier color. Mientras la gente viva sus frustraciones y sus victorias a través de once tipos corriendo detrás de un balón, no habrá energía real para exigir cuentas. ¿Para qué enojarse con la corrupción, la ineptitud o la violencia desatada si el domingo podemos sentirnos invencibles durante noventa minutos? Es la esclavitud voluntaria más barata y efectiva que existe. Basta con darles un escudo, un himno y un rival a odiar. Ellos solitos se ponen la soga al cuello, la besan y gritan “¡Arriba mi equipo!” mientras los pasean por la irrealidad. Mientras México siga teniendo más hinchas apasionados que ciudadanos encabronados y exigentes, los de siempre seguirán riéndose. Porque no hay mejor distractor que un pueblo que confunde la gloria ajena con la suya propia. Y luego nos preguntamos por qué seguimos igual.
Javier Duarte le responde al periodista Reyes Isidoro, quien afirmó que a Javier Duarte sus amigos (cómplices), lo han abandonado. Dice Duarte: “Nunca les he pedido nada”
En su columna Prosa Aprisa, el periodista Arturo Reyes Isidoro expresó que después de 9 años en la cárcel, al gordo Javier Duarte sus amigos lo habían abandonado: “Duarte habría estado recibiendo no solo el apoyo solidario y moral de quienes fueron cercanos suyos, sino que incluso lo estuvieron ayudando a solventar su situación económica con aportaciones que le hacían, hasta que uno a uno se fue quedando en el camino diciendo que ya no podía más”. Reyes Isidoro asume que quienes lo estuvieron apoyando fueron aquellos a quienes Duarte, con su forma de gobernar corrupta, se enriquecieron. El presidiario Duarte, quien a otro adulto mayor lo tachó de “viejo p3nd3jo”, a Reyes Isidoro lo trató con suma cortesía: "Muy respetable Don Arturo, quisiera hacer de su conocimiento que ni me he casado, como usted ya lo aclaró, ni mis ex colaboradores me han abandonado, le informo que las personas que colaboraron durante mi gobierno y con quienes mantengo, en su mayoría, una amistad que trasciende lo político, siempre han estado pendientes de mí (...) por el tema que afirma en su columna Prosa Aprisa que me han dejado de apoyar, desconozco a que se refiera ya que nunca les he pedido nada, por lo que nuevamente su fuente está más extraviada que un xalapeño en
Beijing". Por supuesto, uno, que está más acostumbrado a los aciertos del periodista, prefiere descartar las mentiras del presidiario.
Andy López Beltrán quiere ser diputado federal por Jalapa. Se bajó de la presidencial, de la senatorial y se conforma con una diputación en Tabasco
López Obrador consideró que Andy López Beltrán era menos golfo y menos indecente que su hijo mayor, José Ramón López Beltrán, quien nunca tuvo empacho en mostrar como luce el dinero mal habido. Pero resulta que Andy le salió tan indecente y obtuso como su primogénito. Primero lo quiso enfilar hacia la sucesión presidencial de 2030, pero su bodrio no tenía perfil para eso. Luego lo quiso hacer dirigente de Morena, pero lo obligaron a la secretaría del partido. Ante las derrotas que acompañaron su paso por Morena, ya le habían comprado su boleto para Coahuila, pero mejor se regresó a la capital. Ahora el mismo Andy ha trazado su propio destino. Esta mañana de lunes 25 de mayo Andy López Beltrán anunció: “He decidido que, en su momento, en los tiempos que nuestras convocatorias marcan y la ley electoral señala, contenderé por el cargo de Diputado Federal por la via de elección popular en el VI Distrito Electoral Federal del Estado de Tabasco, que comprende los municipios de Centro, Jalapа, Tacotalpa у Teapа. Me permito también informarles que, en relación con la Secretaría de Organización, la cual tuve el honor de encabezar hasta el día de hoy, presento un balance de los logros y avances que construimos a lo largo de un año y siete meses de trabajo”. La verdad es que una vez que ha quedado evidenciado el fracaso de López Obrador como presidente, los hijos tendrán que cargar con el estigma de perdedores.
Armando Ortiz Twitter: @aortiz52 @lbajopalabra |
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