Lo de Héctor Yunes parece una fábula oriental, el cuento de un monje sintoísta que escala el monte Fuji para después anunciar que renuncia a sus espíritus y divinidades. Anuncia Héctor Yunes en sus redes sociales: “El día de ayer, 2 de mayo del 2026, presenté mi renuncia al Partido Revolucionario Institucional, instituto político en el que milité 45 años”. Y lo hizo después de asistir al homenaje de Fidel Herrera, “con el propósito de no distraer la atención que merece el homenaje celebrado el día de ayer”. La razón por la que Héctor Yunes renuncia obedece a que ya no aguanta a Alejandro Moreno, líder nacional del PRI, partido que “en lugar de dirigente, tiene dueño”. Dice el diputado Héctor Yunes que Alito Moreno “ya escrituró a su nombre al Partido Revolucionario Institucional”. Lo que pasa es que Héctor Yunes ya se ha dado cuenta de que después 71 años de gobiernos priistas, los militantes de este partido están condenados a empujar, como Sísifo, una enorme piedra hasta la cima para darse cuenta de la piedra, por voluntad propia, se despeña hacia el precipicio; y otra vez arriba. Militar en el PRI en este 2026 ya no significa nada. El PRI se ha convertido en una franquicia a la que sólo le queda administrar las glorias pasadas; el partido que hizo de la corrupción un valor, el partido que engendró a Morena. Nos queda claro que Héctor Yunes ya tiene bien meditado en que “pista” va a aterrizar. ¿Será con los naranjas, con los azules, con los verdes? No creemos que con Morena.
Ahora que ya tienen el agua hasta el cuello, los de Morena dicen que en su partido ya no tienen cabida los corruptos ni los narcos. ¡Pero tuvieron cabida!
Antes, para ser aspirante a un puesto político en Morena había que despojarse de toda clase de escrúpulos. Una vez aclarado ese punto, Morena les asignaba un operador político a sus candidatos para obtener recursos, de quien fuera, con el propósito de hacerlos ganar. Muchos de estos recursos provenían del narco y por ello muchos de los alcaldes y gobernadores de Morena quedaban comprometidos con los grupos del crimen organizado. Ahora que el gobierno de los Estados Unidos ha solicitado la extradición de los primeros políticos narcos de Morena, el partido que fundara López Obrador habla de ya no aceptar corruptos. Este 3 de mayo de 2026, Ariadna Montiel Reyes, exsecretaria de Bienestar, rindió protesta como nueva presidenta nacional de Morena durante el VIII Congreso Nacional Extraordinario del partido, en sustitución de Luisa María Alcalde. En su primer mensaje como dirigente, Montiel señaló que “en Morena los corruptos no tienen cabida” y advirtió que quienes aspiren a candidaturas para 2027 deberán contar con una “trayectoria impecable”. Ganar una encuesta interna no será suficiente si existen antecedentes de corrupción; la ética y la honestidad serán el principal filtro. La nueva dirigente de Morena reafirmó su compromiso con los principios de “no mentir, no robar y nunca traicionar al pueblo”. Ariadna Montiel denunció una “ofensiva permanente” contra el movimiento por parte de gobiernos extranjeros, medios y “comentócratas”. Calificó a la oposición como “entreguista, apátrida y contraria al interés nacional”, acusándola de promover miedo e intervención extranjera ante su falta de competitividad. Lo que la nueva dirigente de Morena no dijo fue que en estos últimos años, el peor enemigo de Morena ha sido su propia corrupción, sus vínculos innegables con el narco; amén de López Obrador.
Enrique Inzunza, senador de Morena, quiere ser “testigo cooperante”, una figura que no es para inocentes. Tácitamente se reconoce culpable de lo que le imputa EEUU
El senador de Morena, Enrique Inzunza Cázares, acusado formalmente por el Departamento de Justicia de Estados Unidos de conspiración para importar narcóticos, posesión de armas y actuar
como enlace entre los líderes de “Los Chapitos” y el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, ha dado un paso significativo. Según reportes de fuentes del propio Departamento de Justicia, los abogados del senador se han acercado para gestionar su estatus como testigo cooperante. ¿Qué implica buscar ser testigo cooperante? En el sistema judicial estadounidense, un testigo cooperante es alguien que, enfrentando cargos graves, ofrece información y testimonio contra otros a cambio de beneficios como reducción de sentencia, protección o incluso inmunidad parcial. Esta figura no es para inocentes. Un acusado que niega rotundamente cualquier vínculo con el narcotráfico y se declara completamente ajeno a los hechos no busca cooperar, antes bien pelea su inocencia en juicio, presenta pruebas y exige la desestimación de los cargos. No es el caso del senador de Morena, quien sabiéndose culpable busca negociar. Con esta actitud reconoce que las evidencias en poder de las autoridades son lo suficientemente graves como para justificar un acuerdo. Es, en la práctica, un reconocimiento tácito de que las acusaciones tienen fundamento. No se coopera con algo que se considera una “infamia” o “calumnia” total, sino con hechos que se pueden corroborar aportando más información. Inzunza pasó de rechazar enfáticamente las imputaciones a explorar activamente este camino. Ese cambio de estrategia habla más fuerte que cualquier declaración pública anterior. En el contexto de acusaciones por narcotráfico de alto nivel, donde las pruebas suelen incluir interceptaciones y colaboradores ya capturados, optar por cooperar suele ser la vía que elige quien sabe que la confrontación directa es muy arriesgada. Quien busca ser testigo cooperante no está luchando por demostrar su inocencia absoluta, sino negociando su salida ante la certeza de que el caso en su contra es real y tiene peso. Eso es lo que, en los hechos, está haciendo el senador Enrique Inzunza.
Armando Ortiz Twitter: @aortiz52 @lbajopalabra |
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