Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
Aquel que vive en armonía consigo mismo vive en armonía con el universo (Marcos Aurelio).
Hace medio siglo, en 1976, veía luz en italiano el diccionario de política de Norberto Bobbio, Nicola Matteucci y Gianfranco Pasquino, luego traducido al español por siglo XXI.
En esa joya de conocimiento filosófico, jurídico e histórico, además de político, claro está, hay una entrada que no pierde vigencia: la dedicada al "oportunismo".
Primero, el concepto. Por oportunismo se entiende "la búsqueda de beneficios personales en el desarrollo de cualquier actividad política sin ninguna consideración por los principios ideales y
morales" agrado tal que "lo que termina por guiar la actividad política es la adquisición de ventajas exclusivamente personales".
"El oportunismo nace en situaciones de crisis o de transición y próspera hasta que estas situaciones no hayan sido cambiadas y el proceso político no se haya adecuadamente institucionalizado, los factores de los que depende el oportunismo: la composición de la clase política, la cultura política de los componentes del sistema político y la rapidez de los cambios sociopolíticos".
Los sabios italianos advierten que el desencanto y la apatía no son opción: a menor participación, mayor cancha para el oportunismo.
Como el oportunista solo es fiel a su ambición sin escrúpulos, volverá a cambiar de bando y bandera, habrá desbandada. Cosa de esperar y ver.
Habrá quien diga que a este texto le faltan nombres; pero no, es que sobran ejemplos, son legión.
En otro contexto en Estados Unidos, las personas que asisten con mayor frecuencia a servicios religiosos son más felices que aquellos que no asisten o que van poco a servicios religiosos.
Así lo indican los datos de la Encuesta Social General o General Social Survey, reportados en un análisis que circuló en redes sociales en estos días.
En México, las encuestas muestran que la religión también se relaciona con la felicidad, pero no es la asistencia a las iglesias lo que impulsa esa relación, si no la importancia que las personas le dan a la religión en sus vidas.
De acuerdo con el seguimiento de las encuestas de valores realizadas en nuestro país entre 1990 y 2023, las personas que consideran que la religión es muy importante en su vida tienden a decir que son felices en mayor proporción que quienes no le dan tanta importancia a la religión.
A lo largo de 33 años que cubre la serie de encuestas de valores en México, la brecha de felicidad entre esos dos grupos de personas, las que dan mucha importancia, alcanza 9 puntos en promedio, pero llegó a ser de hasta 16 puntos en los años 90.
Si bien la brecha se ha mantenido, la encuesta más reciente, realizada en 2023, indica una diferencia menor de apenas 3 puntos.
Fuera de esta última observación, que habrá que ver si se sostiene en estudios posteriores, la conclusión es que las personas que consideran a la religión muy importante en su vida dicen ser más felices que aquellas que dan poca o nula importancia a la religión.
La brecha en felicidad para todo el período de 1990 a 2023, entre asistentes y no asistentes a las iglesias es de 3 puntos porcentuales.
En nuestro país, la religión como algo personal y no necesariamente como algo intencional parece más fuertemente relacionada con la felicidad.
Lo que no deja de ser notable es el aumento de la felicidad a lo largo de todo el periodo estudiado, y sobre todo a partir del inicio del nuevo milenio.
Entre el grupo de mexicanos que da mucha importancia a la religión en sus vidas, el porcentaje que dijo ser muy feliz, pasó de 31 a 67 por ciento en 2012.
Por su parte, el aumento en la felicidad entre quienes no dan importancia a la religión fue de 24 a 64 por ciento entre 1990 y 2023, siendo este último pico más alto de la serie hasta ahora.
En otro orden de ideas los partidos políticos mexicanos de liga presidencial tienen grandes activos y grandes riquezas, como sucedió con el Titanic.
Lo mismo los del gobierno que los de la oposición. Pero todos están agujereados. Tendrán que pensar en tres imperativos. Uno, el salvamento de lo que se pueda. Dos, el rescate de lo que todavía sirva de su naufragio. Tres, recuperar sus nuevas naves para seguir navegando.
Hoy la juventud mexicana considera que los partidos políticos son los culpables de la perturbación y de la contaminación del ejercicio político. Que entraron en una crisis irreversible.
El PRI no se supo renovar. Debía su origen y su existencia a un proyecto de unidad y de inclusión, pero no se supo incluir a sus nuevos cuadros y siguieron los mismos personajes. No supo incluir nuevas ofertas y siguió con el mismo menú. Les inventaron la guasa de que eran un dinosaurio con computadora.
Modernidad sin modernos. Desde luego, era un chiste.
El PAN no se supo inventar. Debía su origen y su existencia a un proyecto de cambio, pero no pudo superar su ineficiencia. Querían ser un PRI sin ser un PRI y terminó en no ser nada.
Les inventaron la guasa de que al PRI le robaron las ideas y al PRD le robaron las elecciones. Desde luego era un chiste.
Morena no supo gobernar. Ofreció cambiar lo que los otros habían hecho mal, pero no pudieron. Desde siempre, el narcotráfico fue el delito más prohibido para un político mexicano, así como la evasión fiscal lo es para los políticos estadounidenses. Ambos son causa de muerte política.
Esos tres partidos mexicanos habían llegado a ser verdaderos transatlánticos de lujo. Pero el iceberg que los golpeó tenía muchas filosas puntas. Malas dirigencias. Malos candidatos. Incapacidad de renovación. Hicieron agua, no supieron achicar, no tenían equipo de salvamento y naufragaron hasta tocar fondo.
Esto lo he platicado con muy diversos politólogos mexicanos. Quizás sería por eso que se mezclaron estos temas con una reciente asamblea de algún partido y todo junto se me apareció en un sueño.
Así las cosas, resultaba que los grandes partidos mexicanos se fueron difuminando hasta casi extinguirse. Emergieron nuevas corrientes para el ejercicio de la política. Podrían haber carecido de innovación ideológica y hasta pragmática. Pero representaban el atractivo de una alternativa confiable y respetable para los nuevos electores mexicanos.
Sonó el despertador y amanecí muy contento. Pensé en mis hijas y pensé en su México. Tendrán mapa, tendrán brújula y tendrán timón.
Ellas jamás naufragarían. Siempre llegarían a buen puerto.
Para finalizar insisto: tratándose de cuestiones de constitucionalidad, una minoría no debe estar en posibilidad de obstaculizar y, mucho menos, hacerlo de manera sistemática o por razones políticas.
El dominio ideológico es el peor de los dominios, pues no requiere cadenas ni cárceles tangibles, entorpece el pensamiento, paraliza la mente, rinde la voluntad. El refranero popular ofrece, por su parte, toda una serie de paremias, algunas muy significativas, refiriéndose al Gran valor de la sabiduría frente al nulo valor de la necedad: Hablar con necios es desperdiciar el tiempo. Es evidente que frente al concepto de sabiduría y de inteligencia está el de la necedad, insensatez, simpleza o falta de seso.
No hay más. Al final, todo lo demás es paja y discursos huecos. Como me lo expusiera un personaje de la política mexicana: No te fijes en lo que dice un político, fíjate en lo que hace. "Hechos son amores" diría mi abuela.
O expresando de manera crítica: Al árbol por sus frutos lo conoceréis. |
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