La política no siempre se gana debilitando al otro; a veces en el intento, se fortalece.
La lógica es sencilla: a mayor ataque, mayor visibilidad, mayor posicionamiento.
Sin embargo, en política, la forma importa tanto como el fondo. Y cuándo la crítica se vuelve recurrente y personalizada, el efecto puede ser contrario al esperado.
Coincido ampliamente con el secretario de Gobierno Ricardo Ahued Bardahuil y el subsecretario de Gobierno, José Manuel Pozos Castro que las declaraciones de Anastasio García Durán en contra de la gobernadora Rocío Nahle García son un agravio sin sustento cuyo fin es pretender confundir y dividir que carecen de sustento y no constituyen una crítica seria. La gobernadora Rocío Nahle es de las mejores evaluadas en el país en la medición de la encuestadora Rubrum, su liderazgo confirma que en Veracruz se gobierna con el corazón y con resultados.
Destacando que el trabajo conjunto entre municipios y el Gobierno del Estado ha sumado para la consolidación de la transformación y el bienestar de cada familia veracruzana.
La política real es una ecuación muy sencilla: la suma de todo lo que se quiere, menos todo lo que no se debe y todo lo que no se puede. Si después de sumar y restar todavía nos queda algo, eso es política. Si no nos queda nada, pues entonces no tenemos política ni nada.
Los veracruzanos necesitamos asimilar, reconocer, valorar y vivir nuestra identidad. De ciudadanos solidarios y participativos.
Los recientes movimientos al interior del oficialismo no son casuales ni meramente administrativos, marcan un punto de inflexión en la consolidación del poder de Claudia Sheinbaum.
Se trata, en los hechos, de una transición interna que deja atrás, de forma tersa pero firme la sombra de AMLO.
Andy deja el centro de operación política del partido en el poder, la Secretaría de Organización, para asumir una tarea que, lejos de ser menor, representa un alto riesgo: reforzar el trabajo territorial con 65 diputados federales de Morena en las próximas elecciones locales en Coahuila.
No es un destino cómodo ni simbólico; es una prueba de fuego.
En política, los territorios complejos son los que definen carreras.
Lo que subyace en estos movimientos es una señal política inequívoca: Claudia Sheinbaum transita hacia el pleno control del gobierno y el partido.
El alejamiento con su antecesor no ha sido abrupto ni conflictivo; por el contrario, ha seguido una ruta de separación gradual, calculada y sin estridencias. Pero eso no lo hace menos contundente.
El poder, en política, no siempre se arrebata: a veces se asume con precisión quirúrgica. La reconfiguración no termina ahí. En el horizonte inmediato se perfila la eventual llegada de Ariadna Montiel, mientras que Citlalli Hernández, en pocos días, ha consolidado su liderazgo en el partido.
Con estos ajustes, la presidenta empieza a tener no solo el control de aparato gubernamental, sino también de la maquinaria partidista. Un doble mando que, en el sistema político mexicano, suele traducirse en una capacidad de operación determinante.
Sin embargo, el verdadero termómetro de estos cambios no está en los nombramientos, sino en los resultados electorales.
No obstante, el riesgo es evidente. Concentrar poder implica también asumir costos.
En otro contexto en el pensamiento de Charles Handy: el verdadero riesgo no es fallar, es tener éxito en algo que no importa.
Fue un adelantado. Mientras muchos construían estructuras rígidas, él hablaba de flexibilidad. Mientras otros defendían jerarquías, él proponía confianza. Mientras el mundo perseguía estabilidad, él anticipaba el cambio.
Describió el futuro del trabajo antes de que llegara.
Planteó la vida profesional como un portafolio, no como una sola trayectoria. Personas capaces de combinar talento, propósito y libertad, sin depender de un solo rol para definirse.
Y advirtió algo que hoy es evidente: Quien no se reinventa a tiempo, termina reaccionando tarde.
Su idea de la "segunda curva" es clara: debes comenzar tu siguiente etapa cuando aún estás en tu mejor momento.
No cuando caes. No cuando te obligan. No cuando ya es tarde.
Años después, en el ámbito de la seguridad pública, ese principio se hizo tangible.
Instituciones que esperaron a que la crisis las alcanzara, colapsaron. Perdieron credibilidad, control y confianza.
Pero otras decidieron actuar antes. Invertir en profesionalización cuando aún tenían estabilidad. Apostar por la transparencia cuando nadie se lo exigía. Abrirse al escrutinio cuando hubiera sido más cómodo cerrarse.
El resultado fue claro: la confianza no se construyó en la crisis, se construyó antes.
Otra de sus grandes aportaciones fue humanizar la organización. Las empresas no son máquinas. Son comunidades.
Y como toda comunidad, requieren algo más que reglas: requieren propósito, coherencia y trato digno.
Propuso estructuras donde conviven talentos distintos: el núcleo estratégico, especialistas externos y servicios operativos.
Hoy lo vemos en todas partes. Pero en su momento, parecía disruptivo.
Sin embargo, su legado más profundo no está en los modelos.
Está en la responsabilidad y en la corresponsabilidad. Porque en su visión, nadie es espectador.
Todos somos parte del sistema. Todos influimos. Todos construimos o destruimos confianza. Aquí es donde la experiencia lo confirma.
En otro contexto, las elecciones, ese paso de las Termópilas de la voluntad popular desde los días del Ágora de Atenas hasta la actualidad, normalmente se han regido por un ideal superior: conseguir oír la voz del pueblo.
La democracia representa exactamente eso, La voz del pueblo. Es más, si nos vamos a su origen griego podemos notar que la palabra "demos" significa "pueblo" y "kratos" es "poder" o, dicho de otra manera: el pueblo manda. Pero también es cierto que esas voces y ese poder del pueblo siempre distinguían los secos de lo que era la partitura y lo que era la voz principal.
Cuando la voz del pueblo topaba con su límite natural, ahí entraba el papel de los líderes: presentar propuestas programadas de gobierno, incluso sueños imposibles de alcanzar y someter de tiempo en tiempo.
Entre tantos conflictos y cambios de narrativa diarios, sin darnos cuenta ya han empezado a sonar las campanas de las elecciones. Tenemos políticos que van y vienen, que suben y bajan.
Sin embargo, me temo que las elecciones se han convertido en un juego de sombras en el que todo se reduce a un juego de suma cero.
Para que unos ganen, los otros tienen que perderlo todo. Y en medio de ese juego, lo que verdaderamente desaparece es la política.
El problema es cuál es el propósito del poder mientras los políticos siguen avanzando sin dirección, sin plan, sin objetivos y sin destino. Pero, sobre todo, la cuestión es qué hacemos con todos esos políticos que no buscan transformar nada, sino simplemente extender su tiempo para evitar tener que rendir cuentas.
Al final, el problema no es la falta de poder, sino la ausencia de propósito. Estamos ante una realidad cada vez más evidente: políticos sin política, ocupando espacios que antes exigían ideas, dirección y responsabilidad.
En algunos casos amenazan, amedran, cambian de opinión, un día dan un mensaje apocalíptico y, tan solo 24 horas después, prometen que todo tiene remedio. Pero, en medio de todo eso, no hay política: hay políticos. Y la verdad es que, en este momento histórico por el que estamos atravesando, propuestas, lo que realmente se llaman propuestas políticas, hay muy pocas o casi ninguna.
Me explicaré. Ha quedado atrás la época en la que todavía podían identificarse con cierta cantidad las ideologías, ese tiempo en el que el debate parecía ordenarse en torno a una gran disputa: socialismo contra capitalismo.
La siguiente selección es tanto mexicanas como estadounidenses pueden ser un punto de ruptura porque representan, de verdad, la esperanza de algo nuevo. No sé si mejor, pero sí diferente.
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