Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
La famosa declaración de André Bretón sobre México como "el país más surrealista del mundo" y el comentario atribuido a Salvador Dalí de que "no soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas", no fueron menos elogios pasajeros, sino constataciones fundamentales de este concepto de nacional-surrealismo que he tratado ya en ocasiones anteriores de dilucidar.
Estos juicios, de Bretón y de Dalí, se basaron en la experiencia directa de una realidad donde los principios surrealistas no eran una escuela artística importada, sino la expresión natural de una idiosincrasia cultural. Es una fuerza estética que brota del propio suelo nacional, encontrando en las estrategias realistas un lenguaje afín para expresar su propia condición desgarrada, híbrida y onírica.
El término nacional surrealismo, que aquí se propone, no busca erigirse como una categoría dogmática o un movimiento histórico delimitado con precisión cronológica. Más bien, aspira ser una herramienta hermenéutica, un concepto lente para cartografiar una corriente profunda y distintiva en el arte y la cultura mexicana.
Este ensayo explora la validez de esta nación, entermeciéndola como la articulación única y orgánica entre los postulados desarraigadores del surrealismo europeo y el sustrato mítico, simbólico y violentamente real de lo mexicano.
México no necesitaba que André Bretón, en su visita de 1938, declarar a México "el país surrealista por excelencia" para serlo. La afirmación aunque célebre, era un reconocimiento externo a una realidad interna ya fermentada. El nacional-surrealismo hunde sus raíces en un sustrato cultural que es, en sí mismo, una experiencia surreal inconsciente.
La violenta y creativa fusión entre el mundo indígena (con sus cosmogonías cíclicas, su vestuario sagrado y su concepción del tiempo onírico) y la imaginería católica barroca (exuberante, dramática, poblada de santos y martirios) genera un universo simbólico donde lo natural y lo sobrenatural coexisten sin fricción.
La Virgen de Guadalupe es el ejemplo de nuestro sincretismo: aparición maravillosa, signo político, icono religioso. El icono sincrético por excelencia. Esta imagen es la encarnación perfecta del surrealismo nacional. Para los españoles, era la Virgen María: para los indígenas, una aparición de la diosa Tonantzin.
En otro contexto, este 4 de marzo, el Partido Revolucionario Institucional cumple 97 años de haber sido fundado en 1929, cuando bajo el nombre de Partido Nacional Revolucionario, comenzó la historia del partido que dominaría la vida pública de México durante siete décadas.
Fue el 4 de marzo de 1929 cuando Plutarco Elías Calles impulsó la creación de una maquinaria política destinada a dar estabilidad al país revolucionario. Lo que nació como instrumento de cohesión terminó convertido en sinónimo de poder y, con el tiempo, de excesos.
Hoy, a casi un siglo de distancia, el otrora partidazo celebrará una sesión solemne en su sede nacional. Los tricolores se alistan para una ceremonia que, en otras épocas, había paralizado la agenda política y convocado a gobernadores, líderes sindicales, sectores campesinos y representantes populares de todo el país. Esta vez, el acto se anticipa más como un ejercicio de nostalgia que como demostración de fuerza.
Está prevista la presencia, sí la agenda lo permite, del gobernador de Coahuila, Manolo Jiménez Salinas, hoy por hoy, el único mandatario estatal que milita en el PRI sin alianzas formales que diluyen el rojo, blanco y verde.
El caso de Durango es distinto: Esteban Villegas Villarreal llegó al poder cobijado por una coalición donde también ondea el azul. En los hechos, el priismo puro gobierna una sola entidad, una realidad impensable hace apenas dos décadas.
La conmemoración número 97 encuentra al PRI en su momento más reducido en representación legislativa. En el Senado apenas suma 13 escaños; en la Cámara de Diputados, 37 curules. Números que contrastan brutalmente con aquellas legislaturas en las que la mayoría calificada era rutina y el trámite parlamentario dependía de la disciplina de la bancada.
El problema no es únicamente cuantitativo, sino político. El PRI enfrenta una crisis de identidad que no ha logrado resolver desde la alternancia del año 2000. Tras el regreso fugaz al poder presidencial en 2012 y la posterior derrota de 2018, el partido no ha construido una narrativa convincente para las nuevas generaciones. La marca pesa más que sus propuestas, y el pasado se convierte en carga cuando el electorado demanda futuro.
De cara a los comicios intermedios de 2027, el panorama luce desalentador. Si las tendencias actuales se mantienen, su presencia en la Cámara baja podría reducirse todavía más.
Y si prospera la reforma electoral impulsada desde Palacio Nacional, particularmente en el punto que plantea la eliminación de las diputaciones plurinominales, el golpe sería demoledor para partidos medianos y pequeños que dependen de esa vía para garantizar representación.
En ese escenario, figuras como Alejandro Moreno Cárdenas, dirigente nacional, enfrentarían mayores dificultades para mantenerse en el tablero político. Las listas plurinominales han sido históricamente el salvavidas de las dirigencias partidistas, el espacio donde se resguardan liderazgos cuestionados o se asegura presencia estratégica. Sin esa herramienta, el priismo tendría que competir en territorio abierto, distrito por distrito, con una estructura que ya no es la de antaño.
La sesión solemne por tanto, tendrá más simbolismo que mi músculo. Se hablará de historia, de la construcción de instituciones, del México moderno que el PRI ayudó a edificar. No faltarán referencias al desarrollo estabilizador, a la expansión de la infraestructura, a la consolidación del Estado mexicano. Pero también aunque sea en voz baja, pasarán los escándalos de corrupción, las derrotas electorales y la fuga constante de cuadros hacia otras fuerzas políticas.
En los pasillos de San Lázaro, el PRI ya no impone condiciones. Negocia, acompaña o se suma. Su capacidad de veto es limitada y su margen de maniobra depende casi siempre, de lo que decidan sus aliados coyunturales.
La bancada tricolor se mueve entre la disciplina histórica y la necesidad de sobrevivencia. Sabe que cada votación es también un mensaje hacia su base, una base que se ha reducido, pero aún conserva enclaves territoriales y lealtades locales.
Ahora son más protagonistas de escándalos que generadores de propuestas legislativas.
El aniversario 97 no es cualquier fecha. Es la antesala del centenario, esa cifra redonda que obliga a balances profundos. De aquí a 2029, el PRI tendría que decidir si quiere llegar a los cien años como una fuerza testimonial o como un partido capaz de reinventarse.
La historia demuestra que ha sabido transformarse del PNR al PRM y luego al PRI, pero el contexto actual es radicalmente distinto: competencia real, ciudadanía crítica y un ecosistema digital que no perdona.
La pregunta de fondo es si el priismo asumirá que su crisis es estructural y no solo coyuntural. Porque no se trata únicamente de liderazgos, sino de proyecto. Sin una propuesta clara frente a los grandes temas nacionales, seguridad, crecimiento económico, desigualdad, institucionalidad democrática, cualquier celebración corre el riesgo de convertirse en acto protocolario sin eco social. |
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