De Veracruz al mundo
Pasión de Iztapalapa: nazarenos, músicos y familias recorren 10 kilómetros entre trompetas, pasos y miradas.
Es Jueves Santo y la representación número 183 de la Pasión convoca a una multitud que respira al mismo ritmo. Un alud de asistentes se reparten entre banquetas, azoteas y rincones improvisados. El aire vibra con el metal de las fanfarrias juveniles y con el zumbido de los celulares que buscan la mejor toma.
Viernes 03 de Abril de 2026
Por: La Jornada
Foto: .Jair Cabrera Torres
CDMX.- El sol cae a plomo sobre Iztapalapa y no hay sombra que alcance para cubrir la expectación. Desde temprano, en los accesos del Metro, desborda un flujo constante que avanza con rumbo fijo, como si cada calle recordara su papel en una coreografía largamente ensayada.

Es Jueves Santo y la representación número 183 de la Pasión convoca a una multitud que respira al mismo ritmo. Un alud de asistentes se reparten entre banquetas, azoteas y rincones improvisados. El aire vibra con el metal de las fanfarrias juveniles y con el zumbido de los celulares que buscan la mejor toma.

“Nosotros somos los más flacos, pero sonamos más fuerte que todos”, presumió un niño músico. A su paso, se llevó los aplausos.

La escena de este año tiene un brillo particular. En diciembre de 2025, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés) declaró esta tradición Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y la noticia sigue latiendo entre los barrios como una segunda piel.

“No nos cambió, nos confirmó”

“No nos cambió, nos confirmó”, señaló Rosa Martínez, vecina de San Lucas, mientras repartía vasos de agua en uno de los puntos de hidratación. “Aquí siempre supimos lo que valía esto, ahora lo sabe más gente”.

La comitiva partió del segundo callejón Aztecas, en la colonia Asunción, donde la casa de los ensayos funciona como santuario laico y taller de emociones. De ese punto arrancó el recorrido que supera los 10 kilómetros y enlaza a los ocho barrios originarios: San Lucas, San Pablo, San Pedro, San José, Asunción, Santa Bárbara, San Ignacio y San Miguel.

Las calles Aztecas, Ayuntamiento y 5 de Mayo se vuelven arterias de un montaje que no tiene telón. Nazarenos de túnica morada avanzan con disciplina, algunos apenas niños. “Esto no es disfraz, es algo que hacemos en mi familia”, dijo Emiliano, de 12 años, con la mirada firme. “Mi abuelo empezó y yo quiero seguir”.

El calor no cede y el operativo tampoco. Más de 9 mil policías vigilan sin alterar la jornada, mientras paramédicos con chalecos naranjas atienden a quien lo necesita. El agua pasa de mano en mano. A las tres de la tarde, el sonido de las trompetas marcó un quiebre: los romanos irrumpen y la multitud se repliega apenas lo necesario para dejarlos pasar.

“Se siente distinto este año”, comentó Juan López, vecino de la zona. “Hay más gente que viene de fuera, como si la noticia hubiera abierto la puerta al mundo”.

En las calles, la jornada se desbordó en otras expresiones. Un mural de la Virgen María, pintado en grafiti sobre Aztecas, convocó a los curiosos; cámaras y miradas lo rodearon como si fuera otra estación del recorrido.

En las azoteas, algunas familias compartieron espacio, otras lo rentaron; desde ahí, el paso de la comitiva se miró con distancia y cercanía al mismo tiempo. Un niño preguntó por el Sábado de Gloria y su padre le respondió que habría reglas, que no todo se permite, que la tradición también se cuida.

Entre la multitud, una joven vestida de nazarena ajustó su túnica antes de retomar el paso. “Aquí aprendemos a sostenernos entre todos. No importa si vienes por fe, por curiosidad o por primera vez, algo se te queda”.

Otra vecina agregó: “cada año espero este momento. Es como si las calles de Iztapalapa hablaran y contaran todo lo que hacíamos acá, con broncas y alegrías de a diario”.

En la Macroplaza Cuitláhuac, el tiempo adquirió otra densidad. Se escenificó el primer concilio: la venta de Judas, la Última Cena, el lavatorio de pies. No hay butacas, pero hay atención absoluta.

Una pareja de viejitos dijo a La Jornada que lo importante no era su nombre, sino la fiesta que se vive en la alcaldía más grande de la ciudad. “Esto es de todos, uno viene y se emociona como joven otra vez.

“Cada año es igual, pero distinto. Se siente que toda la comunidad está aquí, y eso no tiene precio. Ver a los niños participar así nos llena de orgullo. Y aunque pasen los años, esto siempre nos hace volver a vivirlo como si fuera la primera vez. Aquí uno aprende a valorar lo que tenemos. Y lo mejor es ver que todos, grandes y chicos, ponen de su parte para que siga así.”

Para el Viernes Santo se esperan más de 2 millones de personas, listas para recorrer la Pasión de Iztapalapa y vivir la tradición con la intensidad que la comunidad ha sostenido por generaciones.

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