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La CDMX anclada al Dios Baco.
Son un pequeño rincón de la Ciudad de México. Monumentos dignos al Dios Baco y a su locura ritual y éxtasis. Asentados en casonas antiquísimas, guardan el olor a cerveza, aguardiente, cigarro, pero también a amores, traiciones y amistades.
Miércoles 01 de Julio de 2015
Por: SPI Veracruz
Foto: SPIveracruz
México, DF.- Son un pequeño rincón de la Ciudad de México. Monumentos dignos al Dios Baco y a su locura ritual y éxtasis. Asentados en casonas antiquísimas, guardan el olor a cerveza, aguardiente, cigarro, pero también a amores, traiciones y amistades.

Por los bares y cantinas de la Ciudad de México se sacude el estrés de una enorme urbe que pareciera comerse a todos y al lado del Dios Baco, ese dios de la mitología griega que los mexicanos adoptaron, también se traga alcohol para olvidarse, de vez en vez, de la perra vida.

Los bares La Ópera, Mancera, Gante y las cantinas El Gallo de Oro y La Faena, de gran tradición, siguen siendo el escondite perfecto para miles de capitalinos, provincianos y extranjeros que el alcohol les alimenta el alma.

Son aquellas cantinas que antaño desprendían olores a orina y sudor de albañiles, obreros, oficinistas, servidores públicos y hasta presidentes y que hoy guardan un pedacito de la historia del otro México Antiguo y que abren sus puertas al México del Siglo XXI.

Lugar de culto, porque el pueblo es profeta y recuerda que el borracho es un enfermo al que no hay que volver nunca la espalda, porque todos podemos encontrarnos en la misma situación.

En aquel año de 1876, nadie imaginó que la pequeña cafetería La Ópera, propiedad de las hermanas francesas Boulangeot, sería un ícono de una ciudad moderna. Recreando las cafeterías y confiterías parisinas de la época abrió sus puertas un terreno que hoy ocupa la Torre Latinoamericana, pero que a la fecha subiste en la 5 de Mayo, en pleno Centro Histórico.

Salvo Enrique Peña Nieto, todos los presidentes de México han pasado por sus paredes antiguas y ha visto el disparo que metió en el techo Francisco Villa “El Centauro del Norte”, quien junto con Emiliano Zapata y sus huestes pasaron por el recinto.

“La Opera es un lugar que la gente debe conocer, un referente, un lugar que ha resistido el tiempo y representativo”, asegura el administrador del lugar y parte de la familia dueña del lugar, Moisés Escudero.

La visita del artista colombiano Fernando Botero, recuerda, dejó buena impresión por su sencillez; peor el peor cliente es indudablemente, junto con el actor Fabiruchis que se largó sin pagar la cuenta, “El borracho mala copa”.

“Es un orgullo La Ópera y es mucho trabajo, es una responsabilidad, un compromiso que tenemos con los clientes, conservarlos, que siga manteniendo este ambiente que ha caracterizado a este lugar, político, de arte”, asegura.

Pocos han resistido el encanto del lugar cuya venta mayor es el tequila y la cerveza, entre ellos Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Octavio Paz, los grandes de la literatura latinoamericana.

La CDMX es un oasis para los bebedores. La cantina Gallo de Oro, la más antigua de la ciudad al haber iniciado sus actividades en 1874, aún conserva el ambiente de años pasados, de glorias pasadas y presentes.

Ubicada en la antigua calle de Cadena (hoy calle Venustiano Carranza número 35), gracias a sus paredes, olores y parroquianos, Juan Rulfo escribiría su novela corta El Gallo de Oro, que años después Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes tomaran de referencia para hacer un guión de la película estrenada en 1964.

Las legendarias botanas “pepitos” de lomo de res con jitomate, cebolla y rajas de chiles en vinagre, así como el “Gallo de Oro” (pollito de leche adobado y cocinado a las brasas), y sus exquisitos platillos con carne de cerdo, achiote, chile guajillo y plátano macho, sirven para hacer amigos o recordar viejos amores con una cerveza bien fría.

Y para los espontáneos, aquellos que quieren irse con una o dos estocadas de alcohol, la cantina La Faena, un verdadero museo taurino que conserva toda su decoración de aquel año de 1954, cuando abrió por primera vez sus puertas para fortuna de los integrantes de la Asociación Mexicana de Novilleros, asiduos bebedores del lugar.

Sus cuadros antiquísimos, su rocola su mostrador y la barra sobre cajas de refresco, sus azulejos con frases de sabiduría popular y por supuesto sus botanas, son la excusa ideal para soltar el alma con José Alfredo Jiménez y su “Me canse de rogarle / me canse de decirle / Que yo sin ella / de pena muero…”.

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