De Veracruz al mundo
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Octavio Augusto Lara Báez.
2011-01-24 / 22:46:19
“Escribo amargo y fácil…”
“Sólo es verdadero aquello que hacemos para compartirlo con los otros”. Rubén Bonifaz Nuño.
Desde hace varios años vengo pensando que los cordobeses tenemos una deuda con el gran poeta Rubén Bonifaz Nuño, paisano nuestro.

Es una deuda de gratitud por su obra, una de las más prolíficas y bellas de las letras mexicanas y de Iberoamérica, misma que le ha merecido numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Letras en 1974, una de las máximas distinciones otorgadas en nuestro país a un escritor.

Pero también es una deuda de su tierra para con él, pues no se le ha reconocido su brillante trayectoria y lo peor: no se ha dado difusión a su obra entre la juventud y la niñez de nuestra ciudad, nuestro estado y del país.

Poeta y ensayista muy reconocido en todo México e Hispanoamérica, ha recibido el Doctorado Honoris Causa en 1985 por la UNAM y en 1992 por la Universidad Veracruzana (UV); el Premio Internacional Alfonso Reyes 1984; el Premio Jorge Cuesta 1985; el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde 2000; el Premio Francisco Javier Clavijero 2004 y la Medalla Rosario Castellanos 2005, así como el Premio de Poesía del Mundo Latino Víctor Sandoval, junto con el poeta colombiano Juan Manuel Roca, en 2007. Por desgracia, una retinitis pigmentosa le ha ocasionado una ceguera casi total, lo que limita actualmente su movilidad.

Mi primer contacto con su poesía fue en 1995, al leer Los demonios y los días, la cual causó un gran impacto en mí por su fuerza y claridad expresivas. Fue un encuentro tardío quizá, pero que me invitó a conocer más de este cordobés no simplemente erudito, sino sabio, y aún así, extraordinariamente sencillo. No soy crítico literario, pero algo que me impresionó de esa obra fue su manejo del lenguaje poético como acto comunicativo, que involucra al lector con el texto:

“…Estoy escribiendo para que todos

puedan conocer mi domicilio,

por si alguno quiere contestarme.

Escribo mi carta para decirles

que esto es lo que pasa: estamos enfermos

del tiempo, del aire mismo,

de la pesadumbre que respiramos,

de la soledad que se nos impone.

Yo sólo pretendo hablar con alguien,

decir y escuchar. No es gran cosa.

Con gentes distintas en apariencia

camino, trabajo todos los días;

y no me saludo con nadie: temo.

Entiendo que no debe ser, que acaso

hay quien, sin saberlo, me necesita.

Yo lo necesito también. Ahora

lo digo en voz alta, simplemente.

Escribí al principio: tiendo la mano.

Espero que alguno lo comprenda.”

Fragmento de “Desde la tristeza que se desploma”,

de Los demonios y los días. 1956.



Nacido en Córdoba el 13 de noviembre de 1923, hijo de un trabajador de telégrafos, Rubén Bonifaz Nuño emigró muy pequeño de nuestra ciudad al Distrito Federal, donde vivió su infancia en un barrio fabril. Tal vez por su partida tan temprana de esta tierra, muy pocos cordobeses saben de él y de su importante obra poética, sus ensayos, traducciones y estudios sobre cultura antigua mexicana.

Comenzó a escribir versos en 1941, cuando asistía a la Escuela Nacional Preparatoria y tuvo como profesor a Erasmo Castellanos Quinto, quien acostumbraba que los últimos diez minutos de su clase los alumnos pasaran a leer algún trabajo en prosa o verso y él leía sus poemas. Estudió Leyes en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Es Doctor en Letras Clásicas por la UNAM, institución donde ha desempeñado diversos cargos y ha sido profesor durante décadas.

Una de las primeras exposiciones en público de su poesía y que marcaría su carrera, sucede en 1945, cuando participa con 10 sonetos en los Juegos Florales de Aguascalientes, sin lograr ningún premio, aunque sí buenos comentarios de alguno de los jurados. Allí conoció a Gabriel Méndez Plancarte, quien le explicó por qué sus poemas no habían ganado. Le dijo que los versos del ganador no tenían asonancias internas, ni versos terminados en agudas, ni eran asonantes las rimas de tercetos y cuartetos.



Asimilada la lección, al año siguiente volvió a participar con 3 sonetos y ganó los tres primeros lugares. En total, el poeta cordobés ganó los primeros premios de ese certamen en cuatro ocasiones. Dominada la técnica, Bonifaz Nuño empezó a escribir sonetos perfectos.



“Te lo habrá dicho ya: que nadie muere

de ausencia, que se olvida, que un lamento

se repara con otro, y es el viento

o la raya en el agua que se hiere.



Y esta sed miserable que no quiere

perderte, acabará; y el pensamiento

por tanto tiempo tuyo, en un momento;

aunque hoy se aferre y grite y desespere.



Si todo se ha de ir, ¿por qué llegaste?

¿Por qué, si no me quieres, me has querido?

¿Me has curado tan sólo para herirme?



Así fue; te tuviste y me dejaste;

nada me quedará: te he recibido

no más que para verte y despedirme.”

“Acaso una palabra 3”, de Tres poemas de antes. 1978.



En su poesía hay un sello de solidaridad con la gente, la gente común, la clase trabajadora, mayoritariamente pobre de este país. Es expresión artística con conciencia de clase, pues Bonifaz Nuño se asume pobre, como lo fue en su infancia y juventud. En ese sentido, su voz es la de los necesitados, los débiles, los desamparados y los que están solos, los que aman y sufren en silencio, los que son presa de la timidez –como él mismo- y no se atreven a decir lo que sienten. En sus versos profesa esa vocación.

“Para los que llegan a las fiestas

ávidos de tiernas compañías,

y encuentran parejas impenetrables

y hermosas muchachas solas que dan miedo

-pues uno no sabe bailar, y es triste-:

los que se arrinconan con un vaso

de aguardiente oscuro y melancólico,

y odian hasta el fondo su miseria,

la envidia que sienten, los deseos…”

“…para los que quieren mover el mundo

con su corazón solitario,

los que por las calles se fatigan

caminando, claros de pensamientos;

para los que pisan sus fracasos y siguen:

para los que sufren a conciencia

porque no serán consolados,

los que no tendrán, los que pueden escucharme:

para los que están armados, escribo”.

Fragmentos de “Para los que llegan a las fiestas”, de Los demonios y los días, 1956



Por su formación, trayectoria y obra, el adjetivo que mejor define a Rubén Bonifaz Nuño es el de Humanista. Su interés profundo en la naturaleza humana, en el potencial creador del Hombre, en las emociones y sentimientos humanos pero también en su capacidad intelectual transformadora, son las grandes matrices de su prolífica obra, literaria, iconográfica y filológica.

En su poesía, un artífice central es el amor, en toda su extensión y en todas sus formas, venturosas y desgraciadas. Pero es también la de Bonifaz, una poesía que hurga y devela el drama social cotidiano. Es, en todas sus variantes y temas, poesía de una gran vehemencia, que penetra el espíritu e inevitablemente lo conmueve:

“…Yo vine a decir palabras en otro

tiempo, junto a gentes que padecen

desasosegadas por el impulso

de comer, comidas por la amargura;

débiles guerreros involuntarios

que siguen banderas sin gloria,

que lloran de miedo en las noches,

que se desajustan sin esperanza.”

Fragmento de “Bueno fuera, acaso, no haber cambiado”, en De otro modo lo mismo, 1979.

De un auténtico maestro en el uso del Lenguaje, como Rubén Bonifaz Nuño no puede esperarse sino una poesía del más alto nivel, de una perfección métrica y rítmica y el logro de figuras literarias excelsas.

“…De andar buscando llego.

Nadie, que sepa yo, quedó esperándome.

Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo

y pienso en esta vida que no es bella

ni mucho menos, como dicen

los que viven dichosos. Yo no entiendo.

Escribo amargo y fácil,

y en el día resollante y monótono

de no tener cabeza sobre el traje,

ni traje que no apriete,

ni mujer en que caerse muerto…”

Fragmento de “Algo se me ha quebrado esta mañana”, de Fuego de pobres, 1961.



Bonifaz se introdujo en el mundo de la poesía a través de las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, particularmente la rima 53: “Volverán las oscuras golondrinas”, y terminó leyendo sus obras completas, así como las de los clásicos.

De los poetas mexicanos recuerda a Amado Nervo, aunque prefiere a Manuel Gutiérrez Nájera con “Para entonces” y confiesa que nunca le gustó la poesía de Díaz Mirón. En su época de estudiante hizo entrañable amistad con Ricardo Garibay, Fausto Vega y Jorge Hernández Campos, que a la postre también destacarían en las letras mexicanas, aunque con distintos caminos.

Otra veta de su prolífica carrera está también en sus magistrales traducciones de obras en latín y griego, así como del náhuatl. De Homero logró una traducción de la Ilíada que se considera la mejor que se ha hecho de ese clásico; también ha traducido obras de Catulo, de Ovidio y de Virgilio, de quien se le reconoce una de las mejores interpretaciones a lengua castellana de la Eneida.

Al adentrarse en el estudio de las letras mexicanas, Rubén Bonifaz Nuño descubre que casi todos los textos de la llamada Literatura náhuatl son una falsificación, una suplantación de la expresión original indígena por un discurso impuesto por los frailes católicos que acompañaron la conquista española. Por ese motivo, escribió “Cuentos de los abuelos”, donde busca reivindicar el verdadero pensamiento de nuestros ancestros indígenas. Ante la falsedad y alteración existentes en la literatura náhuatl propone “preguntar a las piedras”, en alusión a que en la observación y estudio de la escultura náhuatl está la verdad sobre nuestro pensamiento originario y la explicación del mundo.

A lo largo de su vida, Bonifaz Nuño se ha impuesto una tarea titánica, que merece todo el respeto y respaldo: contribuir desde su trabajo literario a la comprensión de la auténtica cultura mexicana, la que proviene de nuestros ancestros indígenas, fundadores de un pueblo de grandeza, no de sumisión ni tristeza, como se le ha difundido históricamente.



Su interés en la cosmogonía antigua mexicana, lo llevó también a realizar investigaciones iconográficas sobre la unidad humano-serpentina encontrada en diversas esculturas prehispánicas, particularmente en la cultura olmeca, cuyas cabezas colosales y hachas ceremoniales presentan, de acuerdo a la hipótesis de Bonifaz, la simbiosis entre el hombre y dos serpientes divinas, -que se aprecia en el labio superior ensanchado de las cabezas olmecas, donde se dibujan las siluetas de dos serpientes frente a frente-, que simbolizan el origen del universo. Tales representaciones se aprecian en otras culturas, la maya, mixteca, teotihuacana, tolteca y totonaca.

A este destacado poeta mexicano, orgullosamente originario de Córdoba, le debemos un homenaje de su tierra, de los suyos. Sus méritos lo han hecho acreedor a los más altos galardones literarios, y sin embargo, falta el tributo de su tierra natal. Hace poco, Juan Fernando Perdomo, por quien seguimos haciendo votos por su total recuperación, llevó a cabo una lectura coral de algunas de sus poesías. Sin duda, leer la obra de un escritor y promoverla es la mejor manera de reconocerlo.

Los cordobeses debemos asegurarnos de que la obra y legado de Rubén Bonifaz Nuño sean conocidos por las generaciones presentes y futuras y que germine el interés por explorar y conocer nuestro verdadero origen, para comprender que nuestro destino como pueblo es de grandeza, y que esa grandeza depende de nosotros mismos, como nos lo ha querido enseñar este gran mexicano. Ese podrá ser el mejor homenaje que reciba de sus paisanos cordobeses.

tavolara62@yahoo.com





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