De Veracruz al mundo
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HEMISFERIOS
Rebeca Ramos Rella
2017-04-17 / 09:38:47
La nueva Turquía: más presidencial, más dividida
Una va caminando por esas calles llenas de historia, de colores, de anuncios digitales; la gente entre los nacionales, los refugiados y el turismo extranjero pavimenta su huella por todos lados mezclándose y dando a la milenaria eis tin poli, el toque de su misión geoestratégica por siglos; mujeres de todas las edades, unas cubiertas sus cabezas y cabellos con una colorida hijab; otras muy “occidentalizadas”, es decir enseñando mucha piel; otras completamente tapadas con el shador negro, serias, de mirada fija, se apresuran jalando a sus hijos, sus bolsas del mercado o su mochila con libros. No se ríen mucho. Las carcajadas femeninas y los besos largos, arrumacos, apretones en público, incomodan.



El olor a la comida inunda; los trompos que acá conocemos, pululan y antojan; los hay de carne de pollo, cordero o res deliciosamente preparadas con especias; la palabra kebap aparece una y otra vez; las frutas, las verduras dan más colores a las avenidas; los gatos que se pasean dueños de su territorio y a quienes todos acarician, cuidan, respetan, son los protagonistas. Los jardines y los parques son impecables, nadie tira basura ni los atropella –es delito arrancar flores de jardineras públicas-; la basura se deposita en contenedores, así que en las mañanas hombres y mujeres llevan sus bolsas al contenedor; nadie se queja. El transporte público es limpio, climatizado, seguro; nada que ver con lo que tenemos. Anuncia las paradas en pantallas electrónicas y a veces en inglés también; hay obligación de dar prioridad y asientos a mujeres, a embarazadas, a niños y a ancianos. Organizados, viven y luchan y siguen siendo buenos anfitriones. Casi a cualquiera se le puede preguntar y puede ayudar u orientar.



Entre la modernización, los puentes imponentes e iluminados que unen dos continentes; los miles de hombres y las mujeres que van y vienen se alzan los alminares, los palacios, las cúpulas que coronan una media luna. Una no deja de mirar los barcos, los ferris, los buques, los cruceros, el otro tráfico en el mar azul verdoso oscuro y las gaviotas obesas –comen pan y galletas ofrecidas por turistas todo el día-, los pescadores en el puente, cada cual con su caña y entonces el Ezan que cinco veces al día se escucha celestial y pacífico en los altavoces.



Las carreteras son amplias; el paisaje es espléndido y a cada pueblo, en cada parada, resaltan dos símbolos en casas, vehículos, negocios, ventanas, por todos lados, ondeando orgullosa la bandera roja de la media luna y la estrella y, el nazar boncuğu, el ojo azul. Una se admira con algo de envidia de ese nacionalismo de vocación; ellos ellas aman a su país en verdad –qué diéramos nosotros por esa devoción inquebrantable por México-.



Fue ese amor y el orgullo que se fortaleció tras guerras y después de la peor de todas y de la derrota de 1919 que partió para siempre el Imperio; fue el punto de inflexión para nacer en 1923 a la República democrática, secular, unitaria y constitucional de Turquía. Y fue un gran hombre, el líder, el padre de los turcos Atatürk –Mustafá Kemal- quien los salvó, los unió, los encauzó al futuro.



Y si bien Atatürk –cuya estatua y retrato también se ve por todas partes- integró a la República y le dio dignidad y respeto en el concierto de naciones, es posible también sentir y encontrarse con las reminiscencias de la época imperial y del encanto que la Casa de Osmán, la dinastía de la que se deriva la palabra Otomano, gobernó esta tierra extraordinaria desde 1281 hasta 1923. No sólo están los palacios, las riquezas, las joyas, la historia plasmada en las bellas artes; la firma, la vida, el legado del Sultán es otro símbolo de unidad y de resurrección.



Y entonces vale la reflexión. Los turcos, los de ayer y de hoy han sido pueblo guerrero; saben de victorias y capitulaciones; de sangre, pérdidas y gloria; aman a sus líderes; aman el poder unipersonal depositado en el guía que los defiende y protege; que los cautiva y los une. Así se sucedieron los Sultanes, a veces matándose unos a otros; así se pelearon los militares cuando Atatürk murió, escribiendo una saga de 5 golpes de Estado y de otras 3 intentonas fallidas, la última en julio del año pasado que fue encabezada y operada por generales del Ejército.



Así han habido periodos cortos de estabilidad social y política y de pobreza y de reconstrucción y en estos casi 94 años de Sistema republicano difícil lo aseguran ellos, la vida turca ha cambiado de menos a más. En los últimos 15 años, Turquía ha renacido, afirman y este nuevo despertar se lo deben a un hombre, al heredero del liderazgo de Atatürk, a Recep Tayyip Erdoğan, politólogo y economista fundador del Partido de la Justicia y el Desarrollo, el AKP, que en 2002 ganó elecciones y que lo ha mantenido en el mando primero, por 11 años como Primer Ministro -de 2003 a 2014- y después como Presidente de la República hasta este día.



Erdoğan es un zoon politikon nato. Pragmático, hábil, excelente orador, ha tejido su liderazgo con mano firme y en verdad, autoritaria. Ha construido un partido político fuerte, bien estructurado; con gran capacidad de movilización territorial que hoy aglutina a más del 50% del electorado. Es tan agudo y preciso que sus homólogos occidentales lo respetan y, también le temen. Él sabe lo que tiene en las manos y cómo darle valor político y en seguridad internacional.

Y pese a que ha sido defensor de la separación entre la religión y el Estado, él mismo predica un neo-islamismo moviendo el péndulo de la moderación a la ortodoxia; de las libertades a la represión; de la abolición de la prohibición del hijab, a la petición de Estado a toda pareja turca para disponerse a concebir por lo menos, tres hijos para la Patria. “Hasta se mete en nuestra cama” me han dicho molestos mis amigos turcos.



En la era Erdoğan, Turquía ha crecido y este propósito no sólo ha sido para elevar la calidad de vida de la población sino también para cumplir con los parámetros que la Unión Europea exige de sus miembros, aspiración que los gobiernos turcos han sostenido desde 2005 sin éxito. Pero los números no mienten y así el PIB entre 2002 y 2007 ascendió a 7.4% lo que la posicionó como una de las economías emergentes más exitosas, de ahí su membresía a los MIKTA y al G20.



Sin renunciar a su vocación productiva agrícola se ha convertido en un país industrial y de servicios y es además el sexto destino turístico en el mundo. En la última década las reformas de Erdoğan han logrado controlar la inflación y el tipo de cambio; aumentar las exportaciones y afianzar la banca y las telecomunicaciones para atraer mayor inversión extranjera. Si bien hay impuestos para todo, los turcos creen y validan el cambio en su vida cotidiana y por esto, agradecen a su líder. Y otros, millones, lo critican, le temen y lo traicionan, como se evidenció con el Coup fallido del verano pasado.



De las reformas económicas, se transitó a las reformas políticas. Con suficiente poder y apoyo social por mitad, Erdoğan, con el respaldo del aparato gubernamental y de su partido – que allá es lo mismo como lo fue acá el PRI-Gobierno-, en los últimos cuatro años ha insistido en la reforma constitucional más ambiciosa en la historia de su país, que transforma el Sistema Político y el Régimen de Gobierno y que ha sido su sueño, su necedad quizá y su compromiso más sólido desde hace más de una década: edificar una nueva Constitución para proyectar a una “Nueva Turquía”.



Dos episodios lo ayudaron a lograrlo: primero, que maniobró para mantenerse como líder de su partido y disminuir a sus adversarios dentro –los más fuertes, el ex Presidente Abdullah Gül y el ex Primer Ministro, antes su fiel sombra, Ahmet Davutoğlu-. En 2014, sometió su liderazgo al veredicto de las urnas y se encumbró con el 52% de los sufragios como el primer Presidente de Turquía electo por el voto popular –antes lo nombraban los diputados- y pese a que en junio de 2015 por vez primera su partido perdió la mayoría en la Asamblea Nacional, se resistió a integrar un gobierno de coalición y volvió a convocar a elecciones para finalmente recuperar los votos suficientes, formar gobierno y conservar la mayoría de diputados.



El otro episodio fue el fallido Golpe de Estado del 15 y 16 de julio de 2016 que sacó a las y los turcos de sus aposentos a la calle para enfrentar a tanques y a soldados que traicionaban al régimen y a la República. Tras más de 130 mil despidos; las purgas que han poblado por miles las cárceles turcas y el ya tres veces reeditado Estado de Emergencia, las mayorías y la oposición han cerrado filas con el gobierno para salvar a Turquía de sus enemigos que son varios: los terroristas locales del Partido de los Trabajadores del Kurdistán –el PKK- ; el Daesh o Estado Islámico infiltrado allá y cuyos seguidores asentados o en tránsito, han sido los autores de los más salvajes ataques terroristas.



Y no dejando atrás a los otros enemigos declarados del régimen: los periodistas, escritores, académicos críticos; los partidos opositores como el Partido Republicano del Pueblo –el CHP-; el Partido Democrático del Pueblo –el HDP- y la pesadilla del Presidente, el clérigo Fethullah Gülen, su otrora aliado incondicional que en su momento le sirvió para neutralizar a peligrosos militares ultranacionalistas. Hoy identificado en el orbe como defensor de la moderación en el mundo musulmán Gülen dirige un movimiento educativo, intercultural e interreligioso transnacional a través de escuelas que promueven el Corán y la postura moderada del Islam, lo que significa que no sólo tiene muchísimo dinero, sino miles de seguidores.



No obstante y de cara a estos contrapesos, riesgos y oportunidades que Erdoğan ha sabido capitalizar para fortificar su mando y simpatías, cumplió lo que prometió: cambiar a fondo la Constitución de 1982 para transformar al Sistema que hoy sigue siendo Parlamentario –al estilo francés-. La Carta Magna vigente estipula que Turquía es un Estado democrático, laico, social y de derecho; que tiene una Gran Asamblea Nacional integrada por 550 diputados elegidos por cinco años con los votos de los ciudadanos turcos mayores de 18 años; que el Gobierno surge del Parlamento y nombra al Primer Ministro, que ha funcionado como Jefe de Gobierno y que cuenta con un Presidente que opera como Jefe de Estado.



Así que tras un interesante debate, pleitos, jaloneos en la Asamblea Nacional, fue el pasado 21 de enero, cuando con 339 votos a favor, que fueron posibles sólo por el apoyo de su Partido y del Partido del Movimiento Nacionalista –el MHP, la derecha de los ultranacionalistas-, el Presidente se coronó con los laureles para germinar a la “Nueva Turquía” con 18 reformas constitucionales que la conducen a un Sistema Presidencialista.



De manera que según lo aprobado se elimina la figura del Primer Ministro y queda al mando del barco sólo el Presidente con todo el peso unipersonal del Poder Ejecutivo que propondrá el presupuesto; que gobernará mediante decreto-ley y limitará las funciones del Parlamento al acotar los mecanismos de fiscalización al Ejecutivo, que serán más rebuscados porque lo entronan casi intocable e incuestionable.



Así el Presidente nombrará a ministros que no necesariamente serán miembros del Parlamento y a una tercera parte de los miembros del Tribunal Constitucional, sin tener obligación de consultar a los legisladores que aumentarán a 600. Las reformas contemplan también extender la edad de 25 a 18 años para ser electo diputado y de 4 a 5 años para ampliar el mandato presidencial, con posibilidad de reelegirse por un término consecutivo y a quien nadie le podrá prohibir militar o dirigir un partido político al mismo tiempo –la obligada imparcialidad del Presidente queda derogada-. También se asienta el D-Day -al estilo estadunidense- para que las elecciones presidenciales y legislativas se celebren en el mismo día, cada quinquenio.



Ya la oposición turca algo similar a la de acá, acusó allá. Habiendo perdido la votación en la Asamblea ha denunciado el triunfo de Erdoğan como la pretensión peligrosa de un autócrata vestido de demócrata para blindarse en el poder y perpetuarse como un dictador bajo el manto del voto.



Y es que las reformas constitucionales llevan tiempo fortaleciendo el debate ríspido entre dos visiones que contrastan sobre las genuinas ínfulas del Presidente.



Por un lado está viva la sospecha pública de los opositores, de los europeos y de los estadunidenses sobre una posible “institucionalización del autoritarismo por la vía constitucional y electoral” que supuestamente quiere imponer el Presidente y sobre la “legalización de los plenos poderes” que él ya ejerce de facto y en exceso como se ha evidenciado en la represión de derechos civiles y humanos –como los de las mujeres, los presos políticos, los periodistas y los homosexuales-, y contra las libertades –como la de expresión, la de reunión y la de manifestación pública-.



Por el otro, amarra fuerza la certeza social o la esperanza de que con mayores poderes, el Presidente, ahora más presidencialista, podrá ser capaz de sostener la estabilidad económica y garantizar la gobernabilidad, frente a las amenazas domésticas y externas, que se multiplican conforme se deteriora el entorno regional.



Así que para callar suspicacias y mostrar el músculo, Erdoğan lanzó inteligentemente la convocatoria a un Referéndum, que en encuestas previas ya lo perfilaba como casi ganador con un 49% de aprobación a su Presidencia como ¡¡La institución pública de mayor credibilidad!! -¡Vaya! una perla que hoy pocos Presidentes en el orbe pueden presumir-.



De manera que el destino se escribió y este domingo 16 de abril las turcas y los turcos en edad de votar -58 millones- dieron el SÍ al nuevo Sistema Presidencialista con un cerradísimo 51.7% por el NO, que alcanzó el 48.3%, al momento del 95% de boletas computadas y en las que según reportes, el 84% de votantes decidió el futuro de la Nueva Turquía que nace partida en dos, con tan sólo un millón 300 mil votos de diferencia entre las dos opciones.



Y para el análisis de vistazo sólo resaltaría que en el sur del país y en las tres ciudades más importantes Ankara, la capital; Estambul y Esmirna, el HAYIR, el No, resultó arriba del 51%. Lo mismo que los turcos que votaron en Estados Unidos. Pero el EVET, el Sí, venció en el centro y norte y en la región de Anatolia, al igual que en Alemania y en Holanda, donde hay numerosas comunidades turcas. De manera que el perfil del votante fue variado y así su determinación.



El tema en cuestión es el Presidencialismo que viene para Turquía y de eso los mexicanos podríamos forjarnos una opinión y un horizonte porque bien que conocemos este Sistema, sus tripas, sus mañas y sus oportunidades y también, porque aunque lejana, la tierra turca será nuestra socia comercial; es aliada en foros globales y definitoria en los equilibrios del orbe que también nos afectan.



Ahora, creo que al igual que al pueblo turco nos invade una nostalgia incongruente. A nosotros, por el “Tlatoanismo” que se refugió bien en la plenitud del régimen de “Partido Hegemónico y del Sistema Suprapresidencialista”, ambas concepciones acuñadas por el genio apenas fallecido, Giovanni Sartori, sin excluir la otra definición de Krauze a nuestra monserga política: la “Presidencia Imperial”. Misma añoranza que bien podemos identificar en los turcos al volcarse por un hombre y tal vez así poder resucitar a algo parecido al “Sultanismo o al Neotomanismo” que si bien ahora sólo es posible mediante el voto democrático, si me dispensan la expresión, puede devolverles la gloria del Imperio, con una República fuerte y desafiante comandada por un líder que quiere gobernar solo y afianzar a su país como el fiel de la balanza en una región inestable, convulsionada y estratégica para los intereses de europeos, rusos, chinos, estadunidenses, israelitas y musulmanes.



La visión de futuro del estadista, como ya se consagra Erdoğan con el triunfo en el Referéndum, no se queda en su tierra. Quiere arrodillar a sus detractores que le cierran las puertas a la membresía en la Unión Europea; quiere fortalecerse dentro para negociar con peso afuera con los hegemones que lo necesitan para acabar con Al Assad y contra el Estado Islámico y así granjearle a Turquía el estatus de intermediario entre los dos mundos que su país milenario incuba: el occidental y el musulmán, del que ya es portavoz. Quiere todo el poder, el respeto y la exclusividad del arbitraje entre dos megalómanos: Putin y Trump.



Y si los turcos nos preguntaran a los mexicanos si les conviene más el Presidencialismo, trataríamos de explicarles primero que como a ellos, a nosotros nos cautiva por historia y cultura, seguir, alabar, culpar y esperarlo todo del “Señor Presidente de la República”; que tenemos en la sangre la concepción del gobierno Paternalista donde sólo uno, el UNO, o todo resuelve o todo lo arruina; también les diríamos que el Presidencialismo puede ser eficaz si es acotado, si tiene contrapesos y si considera y respeta a las minorías. Pero que en su faz malévola germina el autoritarismo, la arbitrariedad; institucionaliza la corrupción, la impunidad; los abusos de poder; la centralización; el miedo; la represión de libertades; fertiliza la dictadura; consiente la megalomanía; ensancha la desigualdad social, política y económica y con el agregado religioso y cultural de ellos, puede envilecerse para discriminar, dividir y confrontar a una sociedad.



Pero como nadie escarmienta en cabeza ajena y como ciertamente el Sistema Presidencial tiene sus aristas según el país y el estilo del “Preciso” en turno, ya vemos muy bien en la prospectiva de qué kilo puede ser el Presidencialismo en Turquía, que cabe subrayarlo, no contempla el necesario y vital equilibrio en la separación de los Poderes del Estado; que no plantea la obligación de la distancia sana entre el Sistema de partidos con respecto a los órdenes de gobierno; que evade reglas equitativas para el desarrollo de procesos electorales, porque ya de facto inclina la balanza hacia el “partido del Presidente” y que impone su óptica, su concepción y su razón por encima de las opiniones, derechos e ideales de las minorías.



Así que podemos augurar que este Presidencialismo “Alaturka” que será efectivo en dos años más, será, toda proporción guardada, muy parecido al mexicano Echeverrismo de los 70’s: una reedición neopopulista, vertical, más autoritaria y ceremoniosa y esperemos menos corrupta que indudablemente seguirá avanzando en su transición democrática, con todos los baches y desvíos que implica y que, en alguna otra parada de la historia de Turquía, tendrá que revisarse y corregirse, si esta es la decisión soberana de aquella nación.



Por lo pronto muy bien por las y los turcos que votaron, participaron e hicieron valer su derecho, por el Sí o por el No. Y bien por el Presidente que pese a sus claroscuros y sorteando reclamos de los aliados, bombazos de los enemigos, advertencias de los socios y críticas y denuncias de fraude de los opositores, deja sello de su gran destreza, liderazgo y oficio político.



Él, Erdoğan ya ganó y acaso, también gane su pueblo. İnşallah.







MERIDIANOS OESTE



93° La risa nerviosa del cínico. Clásica de aquél que no sabe qué hacer cuando ha sido descubierto en la fechoría. Reacción de inmadurez y cobardía, las madres de la soberbia. Y ante el ego que ardía triturado ante la captura, la única defensa era la burla que viajó gratis por redes y gráficas, sólo para pretender enardecer la rabia, el odio, el escupitajo del pueblo traicionado, saqueado, ofendido.



94° ¿Este sábado, la gloria le cayó a Veracruz o se le cayó a Duarte? Sólo Dios sabe. Pero en la tierra las leyes ahora sí, habrán de aplicarse a todo rigor y letra, si es que del pisoteo se levantan y se ejercen. La credibilidad en las instituciones y en quienes las encabezan está 1000 metros bajo suelo, aquí y en el país completo. ¿Será que en Veracruz, como nunca antes, se hará justicia a secas o descubriremos el arresto pactado y electorero?



95° ¿Por qué nadie salió con vítores y serpentinas a festejar que el miserable sucumbió? Quizás porque la cacería y las historias morbosas que la rodean ya no son la prioridad de nadie, salvo de los que con venganza justiciera, válida pero no productiva, la jerarquizan en la agenda. Pero si la cárcel y la humillación pública del maléfico no nos resuelve la desgracia en que nos dejó y que nos sigue angustiando cada quincena. Sobre todo a quienes despedidos injustamente y bajo absurdas sospechas y discriminación hace 5 meses no tienen trabajo, ni a los que a duras penas sobreviven a raya y endeudados.



96° A ver, a ver ¿Cómo que no hay orden de aprehensión contra la consorte de los ridículos decretos pirateados del “El Secreto”? No se nos olvidan las afirmaciones gubernamentales sobre su complicidad evidenciada ni los cuadernitos elegantes donde según calculaba la distribución de nuestro dinero en sus cuentas particulares y entre sus ladrones familiares y compinches. ¿O será ese el acuerdo, la impunidad para la muy merecedora?



97° Vale colgarse el milagro, la mano y el resultado. Qué bien por cumplir. El discurso urgía emplear más el “nosotros”, el pueblo, las familias todas, las mujeres y los hombres… que el “yo” y el “mis”, porque el daño despreciable fue para todos; unos afuera, otros dentro; unos arriba y otros abajo, a todos los veracruzanos nos violentaron de una u otra forma.



98° Sí. Formemos frente y unión en el reclamo por recuperar lo aparecido de lo perdido. Que se convoque a una marcha; que se junten firmas; que el pueblo lo exija, la justicia, la ley y la reparación y que se detalle dónde, cuánto y para qué se habrá de gastar ese dinero. Sólo este llamado y el proceder apegado a derecho con bastante transparencia harán contrapeso a la apatía, empobrecimiento, infelicidad y desconfianza de las y los veracruzanos, porque nadie nos pregunta qué perdimos y cómo nos sentimos y así es.





rebecaramosrella@gmail.com

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