De Veracruz al mundo
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TAL CUAL
Alberto Loret de Mola
2016-02-29 / 13:54:19
Javier, su única salida digna
“Cuando alguien perdía el sentido de la vida, dentro del campo de concentración nazi, decía Viktor Frankl, corría a la cerca”. Ahí le esperaban miles de voltios liberadores o un balazo de algún guardia desvelado.

Cuando Duarte recorría sin parar miles de kilómetros en el DF en un viejo carromato, pantalones raídos, camisitas viejas, para hacerle, literalmente, los mandados a su patrón, y soñaba con ser poderoso, su sentido de la vida era amplio y prometedor: ser y vestir como un rey.

Estudioso y listo, se ganó a punta de sacrificios y trabajo eficiente, la confianza de Fidel. Él lo arropó y lo guió para que llegara a donde sólo unos cuantos elegidos consiguen. Y fue, durante muchos años, achichincle de un hombre inteligente, legislador nato, concertador, terriblemente hábil. Muchos escritos, muchas fotocopias, muchas diligencias, muchos desvelos y al fin, la subsecretaría de Finanzas.

Ya para entonces, a Javier se le habían pegado algunos de los 500 millones que recibió a nombre de su jefe en efectivo, billetes de a mil, de manos de Sergio Maya, provenientes de los primeros 3 mil 500 millones con los que se endeudó a Veracruz. Para la campaña y para que no buscara el resto.

Y de ahí, grillar a la “Flecha Murillo” y quedarse en su silla, todo fue coser y cantar. Su cercanía se lo permitió. Él le hablaba a su tutor al oído. Le contó con los ojos inyectados de ambición sobre los barriles llenos de oro que llegaban para el gasto público y las montañas de dinero que podrían reunir si bursatilizaban todo. Y le dijeron que sí. Total, “tú lo pagas después” fue la única condición.

Asintió, endeudó al Estado y a la gubernatura llegó. Y comenzó la metamorfosis kafkiana. Lo primero fue hacerse varios atuendos a la medida. El primero, el de gala, para las ocasiones solemnes, tendría que ser hecho por el mismo sastre que vistiera a Francisco Franco, caudillo de España, por la gracia de Dios. Necesitaría otro para los baños de pueblo, guayabera puEs.

Encargó varias docenas a su amiga Ivonne. Pura calidad. Y el tercero el que más deseaba era tan grueso y tan rígido que le molestaba: el de guardián de la ley. Se conformó con ser forrado con tela de poliester blanca, pantalón bajo la cintura y eso sí, una gorrita que llevara en letras de oro, la palabra, el título, el cargo: Gobernador. Por si a alguien le quedaba duda.

Se trasladó a vivir a Casa Veracruz y se dio a la tarea de rodearse de la más alta tecnología en diversión. Y a coleccionar armas para jugar, al más puro estilo James Bond, a los balazos. Y entonces, uno de esos días, el licenciado Lagos llegó con la maleta que los malos le enviarían mes a mes y luego de pensarlo unos minutos dijo sí. Nomás no me maten a mí.

Lo triste es que, eso, lo de las maletas, no se lo contó a su jefe de la policía, un hombre limpio, quien lleva combatiéndolos con los ojos cerrados ya cinco años, ya muchos muertos, sin entender por qué cuando alguien reporta al C-4 algo que tiene que ver con los zetas, ninguna patrulla asiste. Dos obras por aquí, mil millones para acá, y, de pronto el de los dineros le dice “con la novedad de que los barriles de oro están desfondados”. Y a pedir prestado.

Pero el dinero de los préstamos dinero es y se ve tan bonito… Y zas, para acá también. Ahora su gobierno le debe a todos. Todo y a todos. Y luego de la llamada de Bucareli, de Los Pinos, de Beltrones, llegó el momento de sentarse y meditar algo que nos pareciera muy sencillo: cuál será ahora el motivo de su vida.

Aquí una modesta orientación: a partir de que salga de casa Veracruz y si sale mal con el que se quede, poca escolta le quedará. Escolta que, sobra decirlo, reportará a quien se quede en su lugar todos sus movimientos, vamos hasta cuántos pastelillos se comió hoy. Y así, vigilado, deberá enfrentar una triste realidad.

A diferencia de sus antecesores, jamás podrá volver a pisar una calle veracruzana sin que, de perdida le escupan o le mienten la madre. Lo mismo pasará en todo México. El aroma de los muertos que él asegura no mandó a cruzar el río, lo traerá impregnado en el cuerpo para siempre. Y cuando llegue, por ejemplo a un restaurante o una fiesta, las mesas contiguas se levantarán por no soportar el hedor.

Le gritarán asesino y traidor en las calles de México, de León, de Cuernavaca. Su fama, lo sabe, rebasó los límites de Veracruz. Todos lo culpan. Su sentido se centrará en sus hasta ahora desatendidos hijos, quienes soportarán, en la escuela que sea, mínimo, las risas burlonas de sus compañeros por tener un padre que de apodarse “la marrana” pasó a ser “la gorda sin chile”.

Sus hijos pagarán con vergüenza los malos actos de Duarte.

Y su sentido de la vida ya no será vestirse como Franco, ni gastarse su dinero, ni alquilar divas mentirosas que le digan guapo. No podrá porque le van a congelar sus cuentas. Y entonces, esté donde esté, se sentirá vigilado, perseguido y la paranoia lo acompañará en las madrugadas de sueños contrariados.

Cada puerta de coche que suene, cada timbre a deshoras en su casa lo hará pensar si ya van por él. Un día y otro día. Un año y otro año. No podrá leer los periódicos porque ya le habrán terminado de perder el respeto y su imagen ridiculizada será exhibida como obra central del museo del terror del manicomio llamado México.

Muchos piensan que huirá a los Estados Unidos. Otros que se irá a España. El mundo es demasiado pequeño para esconder a semejante y voluminoso elemento más cercano a Idi Amín Dada que a Franco. Y, entonces, tendrá dos posibles destinos si es que puede soportarlos: Pacho Viejo, o la graciosa huída.

Para la primera, sólo tendría que ganar Yunes. Para el segundo, sólo tendría que ser el otro Yunes. Da igual el apellido completo. Y así, tras comerse la dotación anual de pingüinos y frutsis de un país pequeño y de haberse apropiado del equivalente al presupuesto de un país mediano y, lo más triste, no poderlo gastar, y tras ver los ojos demacrados de su esposa al saber con cuántas prostitutas VIP se acostó su marido, y percatarse de las sonrisas burlonas del personal de servicio, y de enterarse que su propia escolta lo tiene vigilado, vamos virtualmente arraigado, y recordar el daño hecho a sus hijos, y despertarse por las noches rodado de sombras oscuras que hieden y lo señalan como autor de sus muertes, y a sabiendas que sus otrora lacayos viven vidas de ensueño, como por ejemplo su niño bonito Edgar Spinoso o el “mariguanita” irá perdiendo, ni duda cabe, el sentido de la vida.

Y aquí viene al caso la pregunta -que no la incitación- que el autor del libro “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frankl, le hacía a sus pacientes buscando algo, un jirón de tela vieja para hacerse un nuevo traje que seguramente Duarte ya no tendrá:

¿Javier, por qué no se suicida usted?

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