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EL PEOR GOBERNADOR
Juan Luis Hernández
2014-07-02 / 22:16:12
La larga transición a la democracia en México tiene en los gobernadores un factor de contención autoritaria.
En los últimos 15 años se formó a nivel nacional un escenario de mayor poliarquía caracterizada por la erección de pesos y contrapesos, tanto institucionales como sociales. En ello destacan la Suprema Corte de Justicia de la Nación, cuyas resoluciones garantistas han movilizado los derechos humanos; noticiarios como el de Carmen Aristegui; organizaciones civiles, medios de comunicación digitales, ciudadanos organizados.
Pero la existencia de tales actores nacionales no ha sido suficiente para anclar una democracia razonablemente aceptable. Si volteamos a ver el interior del país, constataremos que no sólo no hay mínimos democráticos, sino que se ha instalado el reino del abuso de poder, el ejercicio del despotismo —sea ilustrado o no—, la presidencia imperial reeditada en la gubernatura virreinal. Es lo que llamamos “enclaves autoritarios subnacionales”.

Dichos enclaves se explican en la medida que los gobernadores, de todos los signos partidistas, han hallado los incentivos para controlar tanto al Poder Legislativo como al Poder Judicial de sus estados. Las comisiones estatales de derechos humanos y los institutos locales electorales, próximos a desaparecer, están dominados por los intereses de los ejecutivos estatales. Los medios locales viven de los convenios gubernamentales y los actos ciudadanos son susceptibles de ser reprimidos con facilidad.

Y en este reino encontramos los que podríamos denominar “gobernadores fallidos”, sea por su ineficacia gubernamental, por las dudas a la hora de contar con ellos para enfrentar el crimen organizado, o por sus “gorilatos regionales”.

¿Quién es el peor gobernador de México? Ángel Aguirre Rivero, de Guerrero, punteó el año pasado por su displicencia y dejadez ante la inundación de Acapulco y el resto del estado. Egidio Torre Cantú, de Tamaulipas, también lideró los indicadores al tener presa del crimen organizado a su entidad, considerada uno los estados fallidos más representativos de México. Fausto Vallejo fue mencionado infinidad de veces como un gobernador de oropel y cuando le pusieron al comisionado federal Alfredo Castillo, Michoacán fue intervenido de facto por el centro.

Pero el cetro del peor gobernador lo sigue ostentando Javier Duarte, de Veracruz. Su estado es el peor lugar para ejercer el periodismo, los migrantes se topan en ese territorio con las peores condiciones de tránsito, el crimen organizado ha establecido la connivencia perfecta con las instituciones regionales. Pero el último episodio deja ver, sin lugar a dudas, cómo entiende Javier Duarte el oficio de gobernar.

Arturo Herrera Cantillo fue subprocurador de Veracruz durante cuatro meses. ¿Por qué duró tan poco? Él fue el único servidor público que informó de las fosas clandestinas descubiertas en Tres Valles y que volvieron a poner en el ojo nacional e internacional a Veracruz como estado fallido. Pero lo más sintomático es la propia expresión de Herrera Cantillo al ser cuestionado por los medios de comunicación sobre su despido: “Si sigo hablando, capaz me corren del estado”.

Los estados de nuestra República viven los peores momentos en cuanto a derechos, defensa de los ciudadanos y protección de garantías básicas. Campea el arbitrario uso de poder. Pero Veracruz parece llevar la delantera en abuso de poder. El peor gobernador lo es no sólo por sus déficits sociales ejemplificados en pobreza, desigualdad, inseguridad y violencia sin control. El peor gobernador es el que llamamos “kakistócrata”, es decir, el que ejerce el gobierno en nombre del “mal común”, en beneficio de un grupo privilegiado, en detrimento de la cosa pública, en aplastar los intereses ciudadanos.

El peor gobernador es el que ejerce el gobierno de los peores, el que empodera la ignorancia y la hace gobierno. El que teniendo poder lo convierte en el poder para oprimir, aplastar, corromper, amedrentar. Hacen falta contrapesos en las entidades, hace falta que los gobernadores entiendan que el país no va a seguir aguantando el ejercicio despótico del poder. Hoy parecen salirse con la suya, no obstante cada déspota genera su propia resistencia.

Que así sea.

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