Me enteré hace poco de una persona aficionada a los juegos al azar que perdió mucho dinero en apuestas, que se vio obligado a vender propiedades para salir del atolladero y hasta su matrimonio salió afectado. Se separó de sus familiares inmediatos y tuvo que empezar de cero. Tal tragedia de ese ciudadano, por desagracia, se repite con sus variantes en diversos lugares de nuestro país. Esos casos de individuos envueltos en la desgracia por una práctica enfermiza se hace más evidente en estas épocas donde proliferan los casinos y la ludopatía se ramifica para reverdecer en personas de diferentes estratos económicos y de edades disímbolas. Elementos de la tercera edad son clientes asiduos a dichos recintos o garitos y se han convertido en víctimas de los grandes timadores.
Aunque los defensores de los casinos hablan maravillas de dichos antros y hasta se atreven a asegurar que son espacios de solaz y esparcimiento, donde se ofrece la oportunidad de obtener ganancias inmediatas, hay que puntualizar que matemática y estadísticamente las ganancias están estipuladas de antemano para dar ventajas a las casas de juego. Un casino es un negocio y los clientes son “las aves propicias a desplumar”. El vertebral y cruel objetivo de esos recintos –algunos muy sofisticados- es arruinar a los jugadores, provocando en los afectados un afán de revancha, que suele devenir en un vicio o adicción perniciosa.
Los casinos existen desde hace tiempo en México pero se han incrementado en las dos administraciones panistas, otorgándose permisos para, según sus panegiristas, favorecer la actividad comercial y turística en algunas localidades, toda vez que en las áreas donde funcionan dichos “desplumaderos” surgen por razones obvias servicios de hotelería, gastronomía, instituciones bancarias, centros comerciales y otros giros económicos. Pero más allá de los jugosos impuestos que generan los casinos y los negocios adyacentes, hay que señalar los efectos negativos de esos antros. Alrededor de los casinos se incuban situaciones de inseguridad, criminalidad, de lavado de dinero y de configuración de mafias. Tales situaciones anómalas se asocian a otros problemas como el ocio, el vicio, la prostitución, la delincuencia común y los suicidios. Además de Tijuana, México y Ciudad Juárez, Monterrey es un lugar clave para las operaciones del dinero turbio. Se tiene conocimiento que el gobierno estadunidense cataloga a la capital regiomontana como el principal centro de lavado de dinero (“Las Vegas” mexicana) y que entre 19 mil y 29 mil millones de dólares, producto de la venta de drogas, son introducidas anualmente al país para su “blanqueo”.
Por cierto que en el 2007 había en Nuevo León 27 casinos y hoy, cuatro años después, operan más del doble con su respectivo registro, más algunos que funcionan de manera clandestina. Esa proliferación de casa de apuestas sucede al ritmo que lo permiten la opacidad y el tráfico de influencias en la venta de permisos federales. Por razones de espacio, abordaré brevemente lo relativo a la ludopatía, la cual según el manual de la OMS es un trastorno de control de impulsos y se le considera una adición no tóxica. La adicción se define como una enfermedad en la que se necesita de algo concreto para sentirse confortable, y cundo no se puede conseguir produce malestar. En la vida real y en los casinos hay jugadores normales y jugadores patológicos. Los ludópatas son personas que cuando juegan experimentan un intenso placer que los evade de cualquier problema que tengan “…desarrollan una urgencia psicológicamente incontrolable que les fuerza de forma persistente y progresiva a jugar, hasta acabar en una dependencia emocional respecto del juego de azar, que afecta de forma negativa a su vida personal, familiar y profesional….”
Atentamente
Profr. Jorge E. Lara de la Fraga. |
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